La quietud de la noche habla, la luna presente; cual única luz en el alma.
Las estrellas querubines que acompañan silenciosos, son testigos de los sentimientos que aun desbordan, que aún exceden la misma conciencia y razón.
Pocos lo entienden; quizás sólo el poeta, más no es necesario buscar adeptos, quizás es mejor guardar esta memoria en la noche, envolverla en un manto de estrellas y no más.
Dicen que el tiempo ha pasado, más no hay otros registros ni rastros para ese amor, está intacto y sus notas perpetuas aun suenan, susurran y estallan como la primera vez.
La noche habla, grita y aunque parece quieta y callada, es la que entreteje entre suspiros la locura de ese amor.
Dicen que no hay que mirar atrás; les dicen que sigan de frente cada cual, más es hoy un mismo camino y ellos lo saben; y así como se saben, no les importa mirar atrás o mirar adelante, sus miradas se encuentran igual.
He dicho que no hay tiempos ni distancias, el amor rompe barreras impensables y ellos…
…ellos las rompieron ya.
Por eso cuando algún velo les impide verse, ellos simplemente salen a la noche, se entregan a ella, se escuchan en su voz; saben que la luna, la luz de sus almas y ellos ya están envueltos en el canto de los querubines y las notas de aquella guitarra.
Por hoy no necesitan más.